Educar en el respeto y el consentimiento también significa enseñar a pensar antes de crear, publicar o compartir contenido en internet.
Hoy, con las herramientas de inteligencia artificial, es posible generar imágenes falsas que parecen reales. Algunas se crean para hacer bromas, pero otras se utilizan para ridiculizar, humillar o exponer a compañeros y compañeras. Cuando una imagen muestra a alguien en una situación que nunca ocurrió, el daño puede ser muy real.
Por eso, es importante conversar con chicos y adolescentes sobre algo fundamental: que una imagen pueda crearse o modificarse fácilmente no significa que tengamos derecho a hacerlo con la imagen de otra persona. El consentimiento importa, tanto en el mundo digital como fuera de él.
También hay que entender que compartir una imagen no es un gesto neutral. Aunque no la hayamos creado, reenviarla, comentarla o difundirla puede multiplicar la exposición y el sufrimiento de quien aparece en ella. Borrarla, no seguir compartiéndola y pedir ayuda a un adulto de confianza son formas de intervenir.
Las familias y las escuelas tienen un papel clave: generar espacios de conversación donde los chicos puedan hacer preguntas, contar lo que sucede y aprender a reconocer cuándo una broma cruza un límite. No se trata solamente de controlar el uso de la tecnología, sino de formar personas capaces de ponerse en el lugar del otro.
Y esas conversaciones también pueden empezar en momentos cotidianos, lejos de las pantallas. Una merienda con unas Mini Chips Turimar puede ser una buena oportunidad para hablar de lo que pasa en el colegio, de cómo se sienten los chicos y de cómo tratar a los demás.
Porque detrás de cada perfil, cada foto y cada mensaje hay una persona. Y el respeto no debería desaparecer cuando encendemos una pantalla.